Lo que la pereza esconde. Parte II.

Vamos a rematar el tema de la pereza. Aprovecho para enfatizar de nuevo  que me estoy ocupando aquí de la pereza psicopatológica, esto es, la que inmoviliza, frustra e impide llevar una vida normal al individuo. Si os quedáis más tranquilos  huelga decir que existe algo llamado “el derecho a la pereza”, plasmado aquí en un ensayo utópico donde el autor francocubano Paul Lafargue hace una crítica marxista del sistema capitalista y enaltece el ocio, las ciencias, el arte, etc como alimento para las necesidades espirituales al servicio de la revolución social. Ya veis que se tratan de perezas muy distintas. Aclarado esto, seguimos.

Por lo tanto, sí: hay que ser valiente para investigar, reconocer y serle fiel al propio deseo; aceptar el dolor de existir que conlleva y hacer de él una bandera que enarbolar en nuestro paso por la vida. Hay que ser valiente porque el ser humano está destinado a la dificultad para hacerse cargo de su deseo, cortocircuitarlo o postergarlo, según sea su estructura. Entonces surgen los síntomas, a modo de mensajes recodificados por nuestro inconsciente que nos recuerdan que hay un camino a seguir.

Nuestra época pinta un falso escenario especialmente tramposo en estos tiempos que corren que, como ya he dicho antes, no ayudan a la consecución del deseo. Más bien al contrario, puesto que entretienen al sujeto en una suerte de isla maldita colmada de satisfacciones terrenales, fugaces.

Mientras, van pasando los años y nosotros permanecemos muy lejos de nuestra Penélope. Muchos pacientes llegan a nuestra clínica confusos y derrotados cuando todo por lo que han estado luchando toda su vida, todo lo que han conseguido y tienen no les llena aunque han seguido al dedillo la receta de la felicidad (belleza, éxito, glamour, casa, coche, máster, hijos, matrimonio, etc). Se encuentran  con que falla algo, que este attrezzo de lo imaginario empieza a no encajar, a desmoronarse, hecho incomprensible y angustiante. También muchos se sienten aliviados cuando se les recuerda que había otro camino, que sigue ahí y se les invita a tomarlo, avisando que no hay retorno.

Así, comprendemos mejor cómo el hecho de que una persona funcione bien en el imaginario, esto es, aunque funcione envidiablemente bien en los diversos escenarios sociales, no tiene por qué estar más cercano a su deseo. De hecho seguramente el (analizado) que adolece de acidia está más cerca de reconciliarse/reencontrarse con su deseo puesto que ya se ha descarrilado del imaginario, con toda la frustración y dolor que ello conlleva; pero ya que se ha desencaminado de la necesaria pero discutible mentira social, puesto que yace perezosamente sobre sus propias ruinas, se encuentra en un punto de difícil retorno que puede ser aprovechado por el psicoanalista para preguntarse hacia dónde ha de encaminarse y empezar su odisea, ahora sí, en pos de su deseo.

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¿Y cómo se hace esto? Difícil cuestión. En relación a la pereza, se tendrá que ir confrontando y responsabilizando al paciente en lo que acontece en su vida. Esto le dará la oportunidad de ir cambiando toda esta amalgama de afectos paralizantes por otros que irán surgiendo. Cuando el paciente deja de responsabilizar a ese Otro por sus padecimientos puede empezar a buscar la solución donde realmente la habrá de encontrar: en sí mismo. Se da cuenta entonces que ha pasado demasiado tiempo “entretejiendo naderías”, como decía Borges en El remordimiento, preciosa representación de la desdicha de alguien que se ha dado cuenta demasiado tarde de lo irresponsable que ha sido con su vida, su felicidad; con su deseo, vamos.

Reconocido esto aparecerán afectos como la rabia o la ira, y han de ser bienvenidos pues sacan al paciente de las paralizantes aguas de la pereza o la tristeza y le obligan a moverse hacia la elaboración, con la ayuda del analista.

Nadie dice que es fácil, ni barato, ni rápido. El ardid de nuestra época y discurso social actual es olvidarnos de nuestra Penélope, de nuestra Ítaca. Se nos intenta convencer que el periplo no vale la pena ni hace falta alguna. Esta sociedad construye un escenario a nuestro alrededor de manera que no tengamos ni que movernos pues todo nos es puesto al alcance de nuestra mano. Ah, pero cuando la curiosidad, el síntoma, el inconsciente se mueve en su letargo avanzamos dos pasos y ¿qué ocurre? Chocamos contra eso, cual perplejo Truman, pues aquella dicha de cartón piedra se vuelve bidimensional y cae plana a nuestros pies. La música empieza a desafinar. Se ven los hilos. Hacemos aguas.

¿Y qué responsabilidad tenemos nosotros, indefensos sujetos perezosos y no perezosos frente a este perverso despliegue a nuestro alrededor?

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Siempre hemos sabido que hay algo más. Se intuye. Pero hay que ver con qué rapidez prostituimos nuestros objetos internos sin apenas oposición y los dejamos en manos de tan resuelto proxeneta. Hay que ver con qué celeridad nos precipitamos hacia la -más o menos- intuida trampa. Y los custodios del periplo nos encontramos muchas veces sin más recurso que este espejito con el que seguir intentando hacer llegar destellos a quienes han cesado en su intento y dormitan, amodorrados, en la isla.

Y si el periplo resulta demasiado costoso, demasiado caro, difícil, lento, aquí os dejo otro susurro balsámico típico de estas felices fechas que ya se ciernen sobre nosotros: ¡corred! ¡corred a elegir vuestro deseo! Pues rebosa en variedad y forma en dichosos y musicales escaparates rojos, verdes y dorados. O, para los más valientes, esperad a enero, que los tendrán a precio de saldo.

Bueno, ahí queda ese reflejo. Felices fiestas, sí. Pero cuidado con los cantos de sirena, pues Ítaca espera y muchos no llegarán.

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