Breve reflexión sobre el deseo

“Te advierto, quien quiera que fueres, ¡Oh; tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera! Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿Cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses!”. (Inscripción en el frontispicio del Templo de Apolo en el Monte Parnaso, Grecia; 2500 a.C.).

El deseo es aquello que persigue al el ser humano, o que ha de perseguir. Si al principio de nuestra existencia somos puro instinto, con la inauguración del inconsciente estalla la chispa que devendrá el faro-guía de nuestra travesía. Se nos provee de un barquito de papel sin rumbo en el ancho mar de la existencia.

De repente, un timón en nuestras manos.

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Ilustración de la pitonisa de Delfos mientras inhalaba los vapores de la cima del monte del Parnaso.

El deseo debe estar delante, nunca detrás.

Lo más complicado es preguntarnos y averiguar qué deseamos. Para esto es menester hacer honor al desgastado aforismo griego que preside el templo de Apolo. El deseo de cada uno, más allá del imaginario colectivo, es una criatura esquiva que lleva nuestro ADN y refunfuña, hambrienta, en algún rincón. Tendríamos suerte si en algún momento de nuestras vidas nos planteamos genuinamente tal pregunta, pues es imprescindible reconocer la propia ignorancia antes de realizar este viaje hacia la sabiduría, suponiendo un acto de valentía y responsabilidad.

El deseo es el minotauro en el centro del laberinto.

Crecemos acumulando capas y capas de imaginario barnizadas de falsos deseos y panaceas, de cantos de sirena y demás distracciones que contaminan nuestro simbólico. Soplan vientos ácidos en las velas de nuestro barco. El timón rueda y rueda hacia golosos, prometedores destellos que desaparecen al acercárseles cual espejismos tramposos  mientras se va dibujando por el rabillo del ojo uno nuevo, ahora sí, digno de nuestra líbido.

El deseo que viene a nosotros, no es deseo.

A los que tienen la suerte de atisbar esta trampa y de recoger la responsabilidad para consigo mismos se encontraran inmersos en el camino del héroe, aún sin saber qué conseguirán y con la única garantía final de que lo habrán intentado, si es que esto fue suficiente en algún momento. Cabría esperar en este punto que ya no nos resulte sugerente la zanahoria que cuelgan frente a nuestras narices y perseguíamos a ciegas.

Cuidado con lo que (no) deseas.

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Representación gráfica del mito del viaje del héroe descrito por Joseph Campbell

El deseo es una dama sentada en la playa esperando que aparezca algún buen conversador. El té esta frío. Mira al horizonte, aburrida, y observa las espaldas de una penosa multitud obcecada en retener puñados de arena brillante en sus manos que, para su sorpresa, descubren vacías por enésima vez. En ocasiones escuchamos los susurros, a veces lo suficiente como para alzar la vista y acercarnos. Acostumbrados a ser pacientes y pasivos esperamos la solución al enigma, como si hubiéramos llegado al final del viaje. Y nos sorprendemos cuando la conversación empieza con la pregunta que nos hace la dama: ¿Qué tienes para mí?

Una taza de té caliente aterriza en nuestras manos. Y a partir de ahí, empieza lo bueno.

miranda

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