Babadook (o de monstruos simbólicos)

Hoy os traigo el análisis de una película (aparentemente) de terror. Babadook es una película australiana de 2014, que nos cuenta la historia de Amelia, una viuda que ha tenido que criar a su hijo de 7 años sola. Samuel está obsesionado con los monstruos y con construir armas para defender a su madre y a sí mismo de ellos. Tras encontrar un extraño libro llamado Mister Babadook, Samuel se convence que es el monstruo que los acecha. A partir de entonces, extraños sucesos empiezan a suceder en la casa, y Amelia poco a poco va sospechando que tal vez el monstruo no esté tan sólo en la imaginación de Samuel.

Hasta aquí, tenemos la típica película de terror con monstruos. Pero si fuese así, no estaríamos comentando esta película en este blog…

SPOILERS a continuación

Babadook no es una película de terror. O al menos, no una al uso. Tiene algunos sustos reseñables, una atmósfera opresiva muy bien llevada y algunas escenas lo suficientemente terroríficas, pero no es la típica película de monstruos. Babadook es una enorme metáfora, un cuento para adultos sobre los peligros de la depresión puerperal, sobre el retorno de lo reprimido, sobre la forclusión del Nombre del Padre…

¿Demasiada información? Vayamos más despacio… Lo que despertó mi fascinación por esta película fue la cantidad de interpretaciones que pueden hacerse sobre lo que representa el Babadook. El bien llamado monstruo, sirve como símbolo de diferentes fenómenos o patologías. Comencemos por un enfoque más perinatal, para luego entrar en terrenos lacanianos.

Recordemos la premisa de la película: Amelia es una viuda que ha tenido que criar a su hijo Samuel, sola. Amelia es viuda porque, el mismo día que su hijo llegó al mundo, su marido lo abandonó. Óscar, el marido de Amelia, pierde la vida en un accidente de coche camino del hospital, cuando Amelia se pone de parto. En uno de los momentos más críticos de la vida de una mujer, el de dar a luz, el amor de la vida de Amelia muere ante sus ojos, de forma atroz. ¿Esperabais ver monstruos? Bien, aquí tenéis al primero, digno de tal significante. Samuel lleva de la mano, desde el momento de su nacimiento, toda la carga de la muerte de su padre. Simbólicamente, claro está. Desde el momento en que llega al mundo, su Yo está enlazado al suceso más devastador y real de la vida de Amelia: la muerte de Oscar. Ya hemos hablado de fantasmas en alguna ocasión, por lo que no me extenderé mucho sobre esto, pero imaginad por un momento todo lo que supone que tu fecha de nacimiento sea la misma en la que tu padre dejó de ser.

Amelia no celebra los cumpleaños de Samuel en el día que le corresponde, sino que aprovecha el cumpleaños de su sobrina para celebrarlo con ella. Y Samuel lo sabe. 7 años celebrando un cumpleaños de prestado, un cumpleaños que no te corresponde, como si el verdadero día de tu cumpleaños fuese algo obsceno celebrar algo. Y en cierto modo, lo es. En un momento de la película, Samuel grita enfadado «¡No me deja celebrar mi cumpleaños y no me deja tener un padre!».

Amelia no puede celebrar el cumpleaños de su hijo. Amelia no puede sentir amor hacia su hijo sin sentir un dolor inmenso al recordar la pérdida de su marido. En una escena de la película en la que Samuel acaricia a su madre y luego la abraza, podemos observar como Amelia se deja llevar, dejando entrever una ternura auténtica hacia su hijo, sin embargo lo acaba apartando bruscamente, diciendo «¡No hagas eso!«. No ha habido tiempo de gestionar el duelo por la pérdida de su marido. No ha habido tiempo para reparar esa fractura en el imaginario, porque había un recién nacido (¡el suyo!) que demandaba toda su atención y su energía, tanto física como psíquica. No son pocos los casos de duelos no resueltos que se tratan desde la psicología perinatal: la pérdida de un ser querido durante el embarazo o en los primeros meses de vida de tu bebé, es algo abominable. Por eso Amelia no se puede permitir amar del todo, disfrutar del todo, ni si quiere pueda permitirse ser sincera con ella misma, porque entonces aparece otro de los monstruos de nuestra película: el odio hacia su hijo, el rencor, la ira. De forma inconsciente, Amelia hace responsable a Samuel de la muerte de su marido, y para conseguir mantener ese pensamiento a raya, Amelia erige una muralla de falsa serenidad que muestra a todo el mundo, incluida ella misma. «No tienes porqué estar bien, ¿lo sabes?«, le dice uno de sus compañeros de trabajo. No habla sobre su marido, no hay fotos a la vista por la casa, no conserva sus recuerdos. Todo aquello que demostraba la existencia de Óscar, está exiliado en el sótano, como un vergonzoso secreto. Amelia practica el ejercicio de la represión de forma magistral. Su sótano no es sólo lo que hay debajo de su casa.

¿Y qué ocurre cuando se reprime algo? Y aquí vamos con nuestro siguiente monstruo, el eterno retorno de lo reprimido. «Cuanto más me niegues, más fuerte seré«, aparece en una de las páginas del libro. En un ejemplo de narrativa y guión impecables, Amelia es poseída por el Babadook, y todo lo que había guardado en el sótano de su cabeza (el dolor, el odio, la rabia) comienza a salir a borbotones contra su hijo. Catarsis monstruo mediante: «¡No te imaginas cuántas veces he deseado que hubieses sido tú y no él el que murió!» La escena en la que se arranca la muela, que le ha estado atormentando de dolor desde el comienzo de la película, es lo suficientemente reveladora.

Y tras la catarsis, llega la sanación. «Le has dejado entrar y tienes que dejarlo salir» le dice Samuel. Y Amelia, por fin lo ha dejado salir. Los fantasmas, la patología, el odio y el rencor hacia su hijo vuelven al sótano, pero esta vez no de forma soterrada, sino a la vista. Amelia tiene que alimentar al monstruo cada día, ahora reconoce su existencia y puede enfrentarse a él. Por fin puede permitirse amar sin miedo a su hijo. La película termina con ambos abrazados, disfrutando del primer cumpleaños verdadero de Samuel.

Hemos hecho un análisis desde el ámbito perinatal y la depresión puerperal, hemos hablado de la represión y su coste correspondiente, ¿qué nos queda por tratar? La metáfora paterna, por supuesto.

Babadook representa un intento forzoso de la psique del niño por realizar la metáfora paterna. Tenemos una madre enferma por culpa de un duelo no resuelto, una madre que debido a su patología, lleva toda la vida de su hijo ocultando cualquier signo de existencia del padre: no hay fotos, no hay ropa, no hay recuerdos, ni siquiera hay un significante en su discurso para representarlo (ni Óscar, ni papá). Samuel no tiene manera de reconocer la existencia de la función paterna, de un representante de la Ley. Sin quererlo, Amelia está provocando la forclusión del Nombre del Padre, no permitiendo que se realice la simbolización correspondiente. De este modo, el Babadook adviene como un sustituto de aquel que no han dejado entrar (el padre, Óscar), a modo de reemplazo simbólico. «Si está en una palabra o en una mirada, contra Babadook no puedes hacer nada«, reza una de las páginas del libro. «¡Déjame entrar!», aparece en la imagen que acompaña a este post. El monstruo actúa como símbolo de la función paterna, como si de un Coco se tratase, acechando desde debajo de la cama (o desde dentro del armario). Del mismo modo que algunos niños crean un objeto al que temer, por la necesidad de instaurar un representante simbólico de la ley, Samuel tiene al Babadook, que termina realizando su función y salvándole de una psicosis incipiente.

Para terminar, y bajando a niveles más terrenales, hay pequeños detalles de la película que merecen tenerse en cuenta. La ropa del Babadook coincide con la del marido de Amelia (un abrigo, un sombrero, de colores oscuros). Además, el marido de Amelia era violinista, y los dedos largos y afilados del Babadook se asemejan al arco de un violín. Por otro lado, en un momento de la película, ella comenta que es escritora, y que además de escribir algunos artículos para revistas, escribía cosas para niños, con lo que el misterioso libro del Babadook puede ser obra suya. Pero, por supuesto, esto es ser muy puntilloso con los detalles, y querer ver señales dónde no las hay…, ¿o sí? Hasta la próxima, faltantes.

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